Solíamos vivir,
o por lo menos sobrevivir,
de nuestro oficio auténtico:
“domar monstruos”.
Estaba en nuestra naturaleza;
Un talento innato
para enlazar con cinta tape
horribles abominaciones.
Absorbíamos kilos
de esa caparazón espiritual
hasta que nadie
ni nada
nos podía tocar.
El trabajo se volvía recreo,
la tarea lúdica
de sonreírle al sueño eterno.
Como nenes jugando
en un fondo de chasis con tétano.
Poco a poco fuiste mutando,
y te entiendo bien:
como buenos anfibios
teníamos que cambiar.
Pero yo esperaba que
alguna noche de aburrimiento,
levantaras el teléfono
y me invites,
una vez más,
una última vez,
a sentir ese vértigo de vuelta.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

2 comentarios:
y sí, más vale. no sé cómo hacen los que dicen que terminan cosas y las terminan denserio
Bueno... very
Publicar un comentario en la entrada